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El duelo no cabe en un día: despedir a quienes también son familia

Duelo animal | Alexas fotos en Pexels

Cuando muere un animal de compañía, no desaparece solamente una presencia del hogar. Desaparecen también las rutinas compartidas, los paseos, los sonidos familiares y pequeños gestos cotidianos que durante años construyeron una relación afectiva. Queda una cama vacía, un plato que ya no se utiliza y, muchas veces, la sensación de que falta alguien en la familia.

En nuestro artículo anterior, ¿Quién cuida a quienes rescatan?, abordamos las consecuencias psicológicas que enfrentan quienes dedican parte de sus vidas al rescate animal. Entre ellas aparecía el duelo, una experiencia que no pertenece exclusivamente a los rescatistas, sino también a millones de personas que han establecido vínculos profundos con animales de compañía.

Sin embargo, aunque estas relaciones ocupan un lugar significativo en nuestras vidas, su pérdida continúa siendo frecuentemente minimizada. Todavía se escucha que era solamente un perro o un gato, que puede adoptarse otro o que el sufrimiento debería superarse rápidamente. Son expresiones que desconocen una dimensión fundamental del vínculo humano-animal: los afectos no dependen de la especie para ser reales.

Cuando el dolor no encuentra reconocimiento

El duelo es una respuesta natural ante la pérdida de alguien significativo. Su intensidad no depende exclusivamente del parentesco biológico ni de las categorías jurídicas con que una sociedad clasifica sus relaciones, sino también del apego, la historia compartida y el lugar que ese ser ocupaba en la vida cotidiana.

Cleary y colaboradores (2022), mediante una revisión sistemática de 19 publicaciones cualitativas correspondientes a 17 estudios, identificaron cinco dimensiones centrales en el duelo por animales de compañía: la relación establecida, el dolor experimentado, la culpa, los apoyos disponibles y la manera de enfrentar el futuro.

Duelo animal Difusión

La pérdida puede expresarse mediante tristeza profunda, llanto, ansiedad, irritabilidad, dificultades para concentrarse, alteraciones del sueño y del apetito, cansancio o sensación de vacío. Algunas personas experimentan recuerdos intrusivos, buscan involuntariamente al animal en sus espacios habituales o sienten una intensa necesidad de recuperar las rutinas compartidas.

También puede aparecer culpa. Quienes acompañaron una enfermedad terminal suelen preguntarse si hicieron lo suficiente, si reconocieron oportunamente los síntomas o si tomaron la decisión correcta respecto de una eutanasia. Otras personas experimentan rabia, impotencia o una profunda sensación de injusticia cuando la muerte fue consecuencia de un accidente, maltrato o dificultades para acceder a atención veterinaria.

Estas manifestaciones no constituyen necesariamente un trastorno mental. El duelo es un proceso variable, que no sigue etapas universales ni un calendario preestablecido. No obstante, cuando el sufrimiento es persistente, intenso y compromete significativamente el funcionamiento cotidiano, resulta importante disponer de acompañamiento profesional.

Un estudio publicado por Hyland (2026), realizado con 975 adultos del Reino Unido, encontró que un 7,5 % de quienes habían perdido un animal querido presentaba síntomas compatibles con duelo prolongado, según las medidas utilizadas en la investigación. Aunque los criterios diagnósticos actuales de este trastorno se refieren al fallecimiento de una persona, los resultados plantean una discusión relevante sobre el reconocimiento clínico de estas pérdidas.

A este fenómeno se suma el denominado duelo desautorizado, que ocurre cuando una pérdida no recibe suficiente legitimidad o reconocimiento social. Cameron (2025), mediante entrevistas a 31 cuidadores de animales, identificó el aislamiento emocional, la necesidad de mantener el vínculo mediante el recuerdo y la importancia del reconocimiento social como dimensiones centrales de esta experiencia.

El sufrimiento puede intensificarse cuando, además de enfrentar la ausencia, las personas sienten que deben justificar por qué están tristes.

Duelo animal Sourav en Pexels

La Ley Duque: un reconocimiento necesario, pero insuficiente

En Chile, la discusión sobre el duelo animal ha comenzado a ingresar al ámbito legislativo. Las propuestas de permisos laborales por fallecimiento de animales de compañía tienen antecedentes desde 2021, aunque adquirieron mayor visibilidad pública en 2024 con la iniciativa conocida como Ley Duque, impulsada por los parlamentarios Daniella Cicardini y Daniel Manouchehri tras la muerte de Duque, el perro del periodista José Antonio Neme.

El 3 de noviembre de 2025, la Cámara de Diputadas y Diputados aprobó un proyecto que reúne seis mociones parlamentarias y contempla un día hábil de permiso por fallecimiento de una mascota registrada, utilizable dentro de los cinco días hábiles siguientes al deceso. El texto aprobado establece que la jornada será remunerada, pero deberá recuperarse mediante acuerdo con el empleador dentro de los 90 días posteriores. La iniciativa continuó su tramitación en el Senado.

Su principal mérito consiste en reconocer que la muerte de un animal puede afectar el bienestar emocional de una persona y que esa pérdida merece consideración dentro del mundo laboral.

Pero el reconocimiento abre nuevas preguntas.

¿Puede un día ser suficiente para despedir a quien acompañó durante diez o quince años? ¿Y puede considerarse plenamente protegido un permiso que debe recuperarse posteriormente?

Un día puede permitir resolver gestiones inmediatas, acompañar los momentos posteriores a la muerte o realizar una despedida. Sin embargo, difícilmente puede responder por sí solo a las necesidades psicológicas de un proceso que puede extenderse durante semanas o meses.

No se trata de establecer que todas las personas requieran largos períodos de ausencia laboral. Las experiencias de duelo son diversas y las medidas de apoyo deben considerar esa heterogeneidad. Pero tampoco parece razonable confundir el tiempo necesario para realizar gestiones funerarias con el tiempo emocional que requiere una pérdida significativa.

Además, restringir el reconocimiento al titular del registro deja fuera otras relaciones afectivas reales: integrantes de una familia que compartieron la crianza, rescatistas, cuidadores temporales o personas que acompañaron durante años a animales comunitarios.

La protección del duelo debería avanzar hacia medidas proporcionales, flexibles e inclusivas, que consideren tanto la organización del trabajo como la salud mental y las diferentes formas de convivencia con los animales.

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Una ética ecológica de los afectos

El duelo por un animal también plantea una pregunta ética: ¿por qué una sociedad reconoce algunas relaciones como dignas de ser lloradas y considera otras emocionalmente secundarias?

Desde la ética ecológica, los seres humanos no pueden comprenderse como individuos aislados del resto de la vida. Formamos parte de relaciones de interdependencia con otros seres vivos, cuyos intereses, vulnerabilidades y experiencias merecen consideración moral.

La filósofa Val Plumwood (2002) cuestionó las concepciones antropocéntricas que reducen la naturaleza y los animales a instrumentos al servicio de las necesidades humanas. Su propuesta invita a construir relaciones interespecie fundadas en el reconocimiento de la alteridad y el respeto por las distintas formas de vida.

Por su parte, Lori Gruen (2015) desarrolló el concepto de empatía entrelazada, una aproximación ética que considera los afectos, la atención y el conocimiento de las necesidades particulares de otros animales como componentes de nuestra responsabilidad hacia ellos.

Desde esta perspectiva, reconocer a un animal como parte de la familia no exige considerarlo humano. Implica aceptar que pueden existir vínculos de cuidado, pertenencia y reciprocidad afectiva entre especies diferentes.

Los animales no adquieren valor solamente porque nos acompañan o producen bienestar. Poseen intereses propios y merecen respeto durante su vida, independientemente del afecto que una persona sienta hacia ellos.

Pero cuando además existe una historia compartida, la muerte transforma esa relación y afecta profundamente a quienes permanecen.

Reconocer ese dolor no significa equiparar todas las pérdidas ni establecer jerarquías entre sufrimientos. Significa comprender que la capacidad de establecer vínculos significativos excede las fronteras tradicionales con que hemos definido a la familia.

Una sociedad que reconoce la sintiencia animal y promueve una convivencia multiespecie también debería reconocer los afectos y las pérdidas que surgen de esas relaciones.

El ritual de despedida: dar un lugar a la ausencia

Las sociedades han desarrollado ceremonias para acompañar la muerte porque despedirse no es solamente un acto individual. También constituye una experiencia cultural y comunitaria mediante la cual reconocemos una vida, compartimos el dolor y reorganizamos nuestra relación con quien ha partido.

En el caso de los animales de compañía, esos espacios no siempre existen. Muchas familias enfrentan la muerte en silencio, sin ceremonias compartidas, sin permisos suficientes o sin personas dispuestas a escuchar sus recuerdos.

Los rituales pueden contribuir a otorgar significado a la pérdida. Conservar una fotografía, escribir una carta, plantar un árbol, recordar una historia o realizar una ceremonia permite expresar emociones y reconocer públicamente la importancia de una relación.

La investigación sobre vínculos continuos después de la muerte muestra que mantener una conexión simbólica con el ser perdido puede formar parte de la adaptación al duelo. Sin embargo, sus efectos no son idénticos en todas las personas: ciertos recuerdos pueden proporcionar consuelo, mientras otros pueden intensificar temporalmente el sufrimiento.

Por ello, los rituales no deben entenderse como tratamientos universales ni como obligaciones. Su valor reside en ofrecer posibilidades de expresión, encuentro y construcción de sentido.

Despedirse no significa olvidar. Significa encontrar una manera de seguir viviendo sin negar la importancia de quien estuvo presente.

El 27 de octubre: una oportunidad para honrar la vida compartida

La celebración mexicana del Día de Muertos ofrece una aproximación cultural especialmente significativa a esta experiencia.

Sus raíces se encuentran en antiguas prácticas indígenas, posteriormente entrelazadas con tradiciones católicas. En ella, la muerte no representa solamente ausencia: también constituye un momento de memoria, encuentro simbólico y continuidad de los vínculos familiares.

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La UNESCO reconoce esta festividad como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y destaca la importancia de las ofrendas, las flores, los alimentos y las ceremonias comunitarias para mantener viva la relación con quienes han fallecido.

Dentro de esta tradición, el 27 de octubre se ha difundido en años recientes como una fecha dedicada a recordar a los animales de compañía fallecidos. Aunque la celebración general posee raíces ancestrales, esta asignación específica constituye una adaptación contemporánea y no debe confundirse con una fecha prehispánica universal.

Su significado, sin embargo, puede ser profundamente valioso.

En los altares aparecen fotografías, agua, flores de cempasúchil, juguetes y aquellos pequeños objetos que recuerdan la vida compartida. Según la tradición popular, las flores y las luces orientan simbólicamente el regreso de quienes son recordados.

Para quienes han perdido un animal, preparar una ofrenda puede convertirse en un espacio de reconocimiento emocional. También permite que las familias, incluidos los niños, expresen su tristeza, compartan recuerdos y comprendan que el amor no desaparece necesariamente con la muerte.

No es indispensable compartir una creencia espiritual para participar del sentido de este ritual. Basta con reconocer el valor de detenerse, recordar y agradecer.

Y esa posibilidad no debería reservarse solamente a los animales que tuvieron un hogar. También merecen memoria aquellos que vivieron en las calles, fueron cuidados por comunidades, encontraron afecto en manos de rescatistas o murieron sin recibir la protección que necesitaban.

Honrarlos también nos invita a reflexionar sobre nuestra responsabilidad colectiva hacia los animales que siguen vivos.

El 27 de octubre no resolverá el dolor de una pérdida. Tampoco reemplazará el acompañamiento familiar, comunitario o profesional que algunas personas necesitan. Pero puede ofrecer algo que todavía resulta insuficiente en nuestra sociedad: un espacio legítimo para recordar, compartir y despedirse.

Porque reconocer el duelo animal no consiste únicamente en otorgar un permiso laboral o aceptar una ceremonia. Es comprender que existen relaciones que transforman nuestras vidas, aunque sus protagonistas pertenezcan a especies diferentes.

Y que cuando uno de esos seres muere, el amor, los cuidados y la historia compartida merecen ser reconocidos.

Quizás no podamos evitar el dolor de su ausencia. Pero sí podemos construir una sociedad en la que nadie tenga que vivirlo en soledad ni justificar por qué le duele.

Departamento de Bienestar Animal y Convivencia Multiespecie Gobierno Animal / Alcalde Cabezón

Referencias

  1. Cleary M, West S, Thapa DK, Westman M, Vesk K, Kornhaber R. Grieving the loss of a pet: A qualitative systematic review. Death Studies. 2022;46(9):2167-2178. https://doi.org/10.1080/07481187.2021.1901799
  2. Lykins AD, McGreevy PD, Bennett B, Paul NK, Gotsis N. Attachment styles, continuing bonds, and grief following companion animal death. Death Studies. 2024;48(7):698-705. https://doi.org/10.1080/07481187.2023.2265868
  3. Hyland P. No pets allowed: Evidence that prolonged grief disorder can occur following the death of a pet. PLOS ONE. 2026;21(1). https://doi.org/10.1371/journal.pone.0339213
  4. Cameron D. Disenfranchised Grief and Meaning Reconstruction in the Wake of Animal Loss. OMEGA - Journal of Death and Dying. Publicado en línea el 24 de diciembre de 2025. https://doi.org/10.1177/00302228251410992
  5. Gruen L. Entangled Empathy: An Alternative Ethic for Our Relationships with Animals. Lantern Books; 2015.
  6. Plumwood V. Environmental Culture: The Ecological Crisis of Reason. Routledge; 2002.
  7. Cámara de Diputadas y Diputados de Chile. Proyecto de ley sobre permiso laboral por fallecimiento de animales de compañía. Boletines refundidos 14.670-13, 16.755-13, 16.756-13, 16.757-13, 16.759-13 y 16.760-13. Discusión en Sala, 3 de noviembre de 2025. https://www.bcn.cl/laborparlamentaria/documento?id=708799
  8. Biblioteca del Congreso Nacional de Chile. Moción parlamentaria denominada Ley Duque. Boletín 16.755-13; 2024. https://www.bcn.cl/obtienearchivo?id=recursoslegales/10221.3/75290/8/16755-13_20240417.pdf
  9. UNESCO. Las fiestas indígenas dedicadas a los muertos. Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. https://ich.unesco.org/es/RL/las-fiestas-indgenas-dedicadas-a-los-muertos-00054
  10. Secretaría de Educación Pública de México. Porque nuestras mascotas no se van del todo - 27 de octubre. Nueva Escuela Mexicana Digital; 2026. https://nuevaescuelamexicana.sep.gob.mx/contenido/recurso/porque-nuestras-mascotas-no-se-van-del-todo-27-de-octubre/
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