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Carreras de perros: El maltrato animal no se puede regular

Galgos libres | @jmvasquez.can @petsandroll

Este martes 18 de agosto, la Cámara de Diputadas y Diputados vuelve a poner en discusión el futuro de las carreras de perros. Frente a la propuesta que busca regular esta actividad, la iniciativa que plantea su prohibición sostiene una premisa fundamental: cuando una actividad incorpora riesgos y prácticas de maltrato como parte de su funcionamiento, establecer reglas no necesariamente elimina el sufrimiento.

Las carreras de galgos vuelven al Congreso y, con ellas, una pregunta que va mucho más allá de si esta actividad puede realizarse con mayores controles: ¿es posible regular una práctica cuyo desarrollo puede implicar sufrimiento, lesiones, drogas y utilización de los animales como instrumentos de competencia?

La discusión legislativa enfrenta dos caminos: prohibir las carreras de perros o establecer condiciones para regularlas. El proyecto de prohibición busca terminar con las carreras en todo el territorio nacional y sancionar a quienes las organicen, promuevan o difundan. En la prohibición, el punto central es precisamente que el bienestar animal no puede quedar reducido a un reglamento de competencia.

El problema no comienza cuando se abre la puerta del canódromo

Una carrera dura apenas unos minutos. Pero la vida de un perro destinado a competir no se reduce a ese momento. Su bienestar debe evaluarse durante todo el ciclo: crianza, entrenamiento, transporte, encierro, descanso, alimentación, atención veterinaria, competencia y retiro. Así lo han planteado especialistas que han llamado a mirar las condiciones de los animales más allá del momento puntual de la carrera. 

La propia Comisión de Medio Ambiente, al aprobar el proyecto de prohibición, recogió antecedentes que describen las carreras de galgos como parte de una cadena de prácticas que puede incluir encierros prolongados, entrenamientos abusivos y utilización de drogas para aumentar el rendimiento. 

Y ahí aparece una de las principales dificultades de la regulación: ¿cómo se fiscaliza aquello que ocurre cuando no hay público, cuando el entrenamiento sucede fuera de una pista o cuando un animal deja de ser competitivo?

El bienestar no puede depender de que el perro siga siendo útil

La discusión legislativa y académica ha puesto sobre la mesa la necesidad de considerar qué ocurre con los animales una vez que dejan de ser competitivos. Porque si el valor del perro está asociado a su rendimiento, existe un riesgo evidente: que el bienestar termine dependiendo de su utilidad económica o deportiva. Un animal no debería perder su valor cuando deja de correr. La protección debería acompañarlo durante toda su vida, independientemente de si gana carreras, si es rápido, si puede reproducirse o si genera ingresos.

¿Puede una regulación evitar el maltrato?

Quienes defienden regular las carreras sostienen que es posible establecer exigencias estrictas de bienestar animal. El debate legislativo contempla precisamente esa alternativa: permitir la actividad bajo determinadas condiciones. Pero para quienes apoyan la prohibición, existe una contradicción de fondo: si para realizar una actividad es necesario crear una extensa lista de prohibiciones para impedir que los animales sean lesionados, dopados, sobreexigidos o sometidos a condiciones inadecuadas, quizás el problema no sea la falta de regulación, sino la propia actividad.

El maltrato no siempre ocurre porque no existan reglas. A veces ocurre porque la lógica de la actividad genera incentivos para privilegiar el rendimiento por sobre el bienestar. Y cuando existen apuestas y dinero involucrados, ese incentivo puede hacerse todavía más fuerte. Desde la academia se ha advertido precisamente sobre el riesgo de que las apuestas informales o ilegales terminen poniendo el rendimiento económico por encima de la salud del animal. 

Un perro no es un atleta humano

Existe además una diferencia fundamental que muchas veces queda fuera de la comparación con otros deportes. Un deportista humano puede decidir si quiere competir, puede abandonar una competencia, denunciar un abuso o exigir mejores condiciones. Un galgo no puede hacerlo.

No puede decidir si quiere correr. No puede comprender las consecuencias de una lesión. No puede retirarse voluntariamente de una competencia ni negociar las condiciones en que será entrenado. La responsabilidad, por tanto, recae completamente en las personas. Y esa responsabilidad debería significar que el interés del animal esté por encima del espectáculo, la tradición o la apuesta.

Prohibir también es prevenir

Desde esta perspectiva, prohibir las carreras no significa únicamente sancionar una actividad que ya se realiza. Significa evitar que el maltrato pueda convertirse en parte estructural de ella. La iniciativa que está en discusión propone prohibir las carreras de perros y establece sanciones para quienes las organicen, mientras que quienes las promuevan o difundan también podrían ser sancionados con multas.  Es una diferencia importante respecto de intentar determinar, carrera por carrera, entrenamiento por entrenamiento o perro por perro, cuándo se cruzó la línea entre competencia y maltrato.

La pregunta que Chile debe responder

Chile lleva años discutiendo qué hacer con las carreras de galgos. El debate ha vuelto a la Cámara después de anteriores intentos que no lograron avanzar. Esta vez, el desafío es decidir qué principio debe orientar la legislación: ¿debemos buscar las condiciones para que los perros puedan seguir siendo utilizados en carreras o debemos avanzar hacia un modelo en que ningún perro sea utilizado para competir por dinero, espectáculo o apuestas? Para quienes defienden la prohibición, la respuesta es clara: el maltrato no se regula; se previene.

Y cuando una actividad genere sufrimiento, lesiones, sobreexigencia o abandono, la protección animal no debería consistir únicamente en establecer las reglas para hacerlo "mejor". Debería preguntarse si necesitamos hacerlo.

Un galgo no corre porque eligió hacerlo. Corre porque nosotros decidimos que corriera. Y esa diferencia también importa cuando hablamos de bienestar animal.

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