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El rodeo y la masculinidad de la muerte

Rodeo | Captura

Cada 18 de septiembre en Chile vuelve el rodeo como símbolo de lo nuestro durante las fiestas patrias. Caballos, huasos, cuecas, banderas y una idea de tradición que pareciera no necesitar demasiadas preguntas. Pero a mí cada vez me cuesta más mirar el rodeo sin preguntarme también por la masculinidad que estamos celebrando.

Porque el huaso no es solamente un personaje folclórico. También representa un ideal de hombre: fuerte, valiente, resistente, competitivo, diestro y, sobre todo, capaz de controlar aquello que tiene frente a él.

En el rodeo esa capacidad de control se vuelve espectáculo. El hombre demuestra su habilidad dominando al caballo y conduciendo al novillo. Hay competencia, riesgo, reconocimiento y una permanente demostración frente a otros hombres.

Y ahí aparece, para mí, una expresión bastante clara de la masculinidad hegemónica: la idea de que ser hombre implica demostrar fuerza, controlar, competir y ser capaz de imponerse sobre otros cuerpos.

Durante mucho tiempo nos enseñaron que ser hombre significa aguantar, no mostrar miedo, competir, imponerse y demostrar fuerza. Y que mientras más capacidad tuviéramos para dominar, más hombres éramos.

Ahí es donde el rodeo me interpela. ¿Por qué necesitamos demostrar nuestra fuerza sobre otro cuerpo? ¿Por qué el sufrimiento de un animal puede transformarse en espectáculo, competencia y orgullo?

Desde las ecomasculinidades, esta pregunta también nos lleva necesariamente al especismo. No podemos cuestionar las relaciones de dominación entre seres humanos y, al mismo tiempo, aceptar como natural que otros animales sean utilizados como instrumentos para nuestra entretención.

Para mí, esto conecta con una idea que he venido trabajando: la masculinidad de la muerte. Una masculinidad que encuentra su identidad en dominar, competir, someter y demostrar que puede imponerse sobre otros cuerpos.

Quizás necesitamos empezar a imaginar otra forma de ser hombres. Una masculinidad que no necesite demostrar su valor golpeando, dominando o resistiendo el sufrimiento de otro ser vivo. Una masculinidad capaz de cuidar sin sentir que por eso pierde fuerza.

Este 18 de septiembre, entonces, no quiero solamente preguntarme qué tradiciones chilenas queremos conservar. También quiero preguntarme qué masculinidad queremos seguir celebrando. Porque quizás transformar nuestras tradiciones también sea una manera de transformar nuestra manera de ser hombres.

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