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Columna: Chile y la vergüenza de seguir corriendo galgos hacia la muerte

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Una vez más, el proyecto de ley que busca prohibir las carreras de perros en Chile no fue discutido. Una vez más, el comité político optó por hacer oídos sordos. Y una vez más, los galgos quedaron fuera de toda prioridad legislativa.

Hoy Chile carga con una vergüenza que ya no admite matices somos el único país de la región que sigue permitiendo las carreras de perros. Una práctica que no es deporte, ni tradición, ni cultura. Es explotación, violencia y muerte, sostenida además por un entorno donde prosperan otras formas de degradación social que el Estado parece decidido ignorar.

Para comprender la magnitud de esta omisión política, es necesario mirar la vida de un galgo desde que nace hasta que es descartado o asesinado.

Los galgos no nacen para vivir, nacen para rendir. Son criados como objetos separados tempranamente de sus madres, confinados, sin afecto ni cuidados reales. Su valor no está en su vida, sino en su velocidad.

El que no corre, no sirve.

Daniel Pacheco, Vocero Galgo Libre Chile. Activista por el derecho de los Animales. Redes sociales

                                          Daniel Pacheco, Vocero de Galgo Libre Chile 

Durante el entrenamiento y las competencias, son sometidos a exigencias físicas extremas, lesiones constantes, fracturas, desgarros, estrés crónico y miedo. Corren heridos, corren exhaustos, corren por castigo. Muchos mueren en la pista. Otros quedan inutilizados. Nada de esto se fiscaliza de manera efectiva.

Pero el horror no termina ahí.

Cuando el galgo deja de ser rentable, llega el descarte. Abandonos, golpes, disparos, ahorcamientos. Cuerpos arrojados a canales, caminos o basurales. Vidas desechadas sin consecuencias, porque el sistema que las explota normaliza su reemplazo.

Todo esto ocurre hoy, a plena vista, bajo la tolerancia del Estado.

Y como si el abuso animal no fuera suficiente, las carreras de perros se transforman además en espacios de descomposición social. En estos recintos, muchas veces sin control ni regulación efectiva, se facilita la venta y consumo de alcohol y drogas, exponiendo a niños, adolescentes y comunidades completas a entornos de riesgo normalizados.

A esto se suma el fomento abierto de la ludopatía, mediante apuestas realizadas de manera libre, sin conciencia del daño que generan. Familias endeudadas, personas atrapadas en la adicción al juego, violencia asociada al dinero y al consumo. Todo sostenido por una actividad que el Estado aún se niega a prohibir.

No discutir este proyecto de ley no es una decisión técnica ni administrativa. Es una decisión política y ética. Es permitir que continúe no solo el abuso animal, sino también un circuito de violencia, ilegalidad y daño social que se reproduce impunemente.

Postergar es decidir.

Callar es permitir.

Y no legislar también es ejercer violencia.

Chile no puede seguir proclamándose un país que avanza en derechos mientras mantiene a los galgos corriendo hacia el sufrimiento y la muerte, rodeados de apuestas, alcohol, drogas y abandono institucional. La pregunta ya no es si hay tiempo para discutir este proyecto.

La pregunta es cuántos galgos más deben morir, y cuántas vidas humanas más deben deteriorarse, para que el poder político actúe.

Porque cada día sin prohibición, el daño continúa.

Y esa responsabilidad ya no recae solo en quienes organizan las carreras, sino también en quienes, teniendo la facultad de detenerlas, eligen no hacerlo.


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